La fabulosa historia de Jesús Remartínez

 

 

 

 

Mi abuela Irene iba un día andando por la calle, embarazada de mi padre, cuando se cayó delante de un tranvía. No sé si fue el mismo tranvía de Gaudí, pero mi abuela salvó a la Sagrada Familia. El feto, o sea mi padre, que debió agarrarse mal al sentir el golpe, salió despedido y nació sietemesino, pero nació. Mi madre, no obstante, insiste en que ese dato explica todo lo posterior: a mi padre le han faltado siempre dos meses de cocción.

 

Jesús fue bautizado como un Cristo. Se tomó tan a pecho el nombre santo, que desde ese mismo momento empezó a comportarse como un ecce homo loco.

 

Cuando tenía unos 15 años y estudiaba en el Instituto Goya se cayó desde la terraza del edificio, que tenía barandilla y que nadie sabe cómo sorteó. Mi tío José Luis, su hermano, recuerda a un compañero de clase dándole pataditas al cuerpo estampado en el suelo: “Parece que aún se mueve”. En Aragón somos así.

 

 

 

 

Poco después, mientras hacía la mili, Jesús Remartínez, un hombre arrojado que había nacido estrellado, se lanzó de cabeza a una piscina durante un fin de semana en el que se había escaqueado del cuartel. Se tiró a la piscina haciendo el mongolo y a mitad de camino descubrió que la piscina apenas tenía agua, porque había sido vaciada, caramba. Justo le fue para reaccionar en el aire y romperse solo un brazo. Cuando, unos años más tarde, yo, de crío, me tiré de cabeza a la piscina infantil del camping de Salou —agua a la altura del tobillo— y me rompí la barbilla, a mi padre se le saltaron lágrimas de orgullo.

 

El 2 de mayo de 1970, cuando Jesús llevaba seis meses casado, según recuerda mi madre como una impresión a fuego de calendario, mi padre se topó con un coche de frente al transitar por una carretera. Dio dos vueltas de campana. El techo del coche se partió y se hundió convertido en una gran cuchilla, en un péndulo de Edgar Allan Poe, que mi padre pudo evitar porque, en otro acto reflejo, se tiró al suelo. Un segundo de fortuna. Otro más.

 

Se acababa de recuperar de aquel siniestro vial cuando, con 24 años, un día le comentó a mi madre que dormía con un ojo abierto. Mi madre se lo tomó a coña, pero decidió observarle mientras roncaba: “Aparte del ojo, me di cuenta de que también tenía el morro torcido”. El gesto que hace mi madre al recordarlo es delirante, lloramos todos. A Jesús le diagnosticaron una parálisis facial por conducir demasiadas horas con la ventanilla abierta. Yo desconocía este dato cuando, con 14 años, me estampé contra una pared yendo en bici después de haberme tragado una mosca mientras bajaba una calle del pueblo. Los genes son mucho más poderosos de lo que creemos. Nunca conseguí expulsar aquella mosca, por cierto. Cuando toso muy fuerte por el tabaco siempre pienso que va a salir volando.

 

Luego mi padre se rompió una pierna. Nadie en la familia recuerda cómo. Iba solo por la calle y de repente tenía la pierna rota.

 

 

 

 

Al poco de conocer la paternidad, encadenó otros dos accidentes de coche yendo al susodicho pueblo, que se llama Milmarcos. En el primer accidente le deslumbró el sol y se empotró contra un camión. En el otro, esquivó a un vehículo que apareció tras un cambio de rasante y voló sobre un campo de labor, donde quedó varias horas sin que nadie lo descubriera. Al final, unos vecinos vieron el coche desde lejos: “¿Ese no es el coche del Jesús? ¿Qué coño estará haciendo ahí?”. Estuvo 48 horas en coma. Luego despertó y siguió con su vida tal cual.

 

Un día, en casa, le oí gritar en la cama como si le estuvieran abriendo en canal. Era un cólico de riñón, de los varios que vendrían después. Aquel me impresionó tanto que desde entonces lo primero que hago nada más despertarme es beber dos vasos de agua. Mi padre me dijo que ese hábito prevenía las piedras del riñón, que en su caso eran una sillería gótica. Y yo, como es mi padre, le creí, aunque ahora que lo pienso, su historial no mueve precisamente a considerarlo un hombre cauto en cuestiones de salud. También me dijo una vez que la comida, si la disfrutas, no produce nunca colesterol. Y a pies juntillas que lo llevo, oye.

 

 

 

 

Después del cólico empezó a tener lumbalgias por tantas horas de coche. No lo he dicho aún, pero Jesús ha sido casi toda su vida representante, o sea comercial, como se llama ahora. Un experto móvil en el marketing a la cara, en las ventas por conversación, en conocer a la gente por su nombre en lugar de por su avatar, fuesen clientes o no. Jesús ha echado tantas horas de carretera que su columna se ha convertido en una raya discontinua.

 

A los 52 años, le dio un infarto. A la misma edad con la que murió mi abuela Irene, o sea su madre. Esta coincidencia siempre genera un silencio entre mi padre y sus hermanos. Jesús tuvo suerte y sorteó el segundo tranvía.

 

Sin embargo, se confundieron con la medicación. Estaba ingresado y alguien le puso en la mesilla las pastillas que correspondían a otra habitación. Después de darle el alta, la médica de cabecera le comentó durante una revisión que lo veía muy amarillo. Le preguntó a mi madre, allí presente, y mi madre lo miró, vio que llevaba un jersey amarillo, y contestó: “Yo lo veo normal, con ese color aceitunado tan feo que siempre ha tenido. Está como el jersey”. Le diagnosticaron una hepatitis, provocada por aquel fármaco erróneo. A saber qué le pasó al de la otra habitación.

 

Hoy mi padre tiene una epidermis así como de aceituna de Belchite, por cierto.

 

 

 

 

Entonces vinieron los años frenéticos. Le empezó a doler un oído: cáncer del conducto auditivo, un tipo de tumor que debió de inventar su organismo porque es infrecuente. Le operaron, con bastante temor debido a la cercanía del cerebro, pero el cerebro, quizá abollado desde el tranvía, decidió no darse por aludido por la intervención. De hecho, parece no haberse enterado de nada, o habría salido corriendo hace tiempo ante tanto drama. Porque luego apareció otro tumor en el riñón, y el riñón fue extirpado. Luego, unos simpáticos aneurismas en el sistema cardiovascular. No había año sin que al paisano le encontraran algo, como quien pasea por el museo británico, una ruina. Con cada radiografía nos echábamos a temblar. Algo así le estaba diciendo en una comunión familiar mientras tomábamos un gintonic, cuando se me derrumbó delante por una angina de pecho. Alaridos, ambulancia, otra vez hospital, noches de vigilia al lado de la cama. Allí volvimos cuando el cáncer brotó en el colon, del que tuvo que renunciar a un cacho, y más tarde en la vejiga, de donde le arrancaron pólipos. Un auténtico muñeco de trapo recauchutado, al que también le salieron cataratas en los ojos y unas cefaleas de Horton, supongo que al verse el cerebro definitivamente agotado.

 

 

 

 

Mi padre está hoy en la UCI. Ayer le operaron durante ocho horas tres cirujanos, que tuvieron que llamar a un especialista en Medicina Interna para aclararse sobre cómo moverle las tripas para ponerle tres baipás coronarios. Aunque confieso que todavía no me he enterado muy bien de la fontanería que aplicaron. La intervención me parece tan compleja y confusa como la decena de cables que ahora están anclados a su cuerpo a modo de jarcias. Pero todo parece haber salido bien. Parece que recuperará la movilidad que había perdido en las dos piernas. Parece que el corazón seguirá bombeando. Hoy he ido a verle y, con el tubo de la respiración asistida recién retirado y la estricta orden médica de no hablar, me ha puesto la cabeza como un bombo. Con una insensatez épica, ha intentado incluso enseñarme las cicatrices, y se ha vuelto a hacer un lío con los cables, según es tradición ya. No entiendo cómo no se ha ahorcado durante estos años. “¿Me bajarán esta tarde a planta?”, le ha preguntado a la enfermera, que ha flipado y me ha mirado. He arqueado los hombros.

 

Quizá pensaréis que este es el resumen de un melodrama. Todo lo contrario.

 

Ayer pensaba que Jesús Remartínez es la persona con la que más me he reído a lo largo de mis 48 años de vida. De crío me embobaba escuchándole hacer el tonto, de mayor ando tapándole la boca para que no escandalice a nadie en cuanto encuentra auditorio. Mi padre me ha enseñado, no solo a reír, sino a esforzarme por ser divertido. Porque el mundo necesita gente divertida, empeñada en alegrar su alrededor. Y quizá por eso no ha querido prescindir de él todavía.

 

 

 

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